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UN RETABLO DE MI VIDA.

 

Para un 10 de mayo. . .
Madre, yo te canto... en realidad no recuerdo el poema.
Me encontraba en aquellos tiempos de mi primera juventud, en un internado en la ciudad de León, Guanajuato, México, estudiando música sacra.
Casi desde niño me incliné por el arte musical, pero la pobreza de mis padres les impidió costearme mis estudios.
Una prima mía llamada Carmen Silva me apoyó pagando la colegiatura del internado, en el cual a- demás de los estudios musicales se impartían materias de la escolaridad oficial.
Las disciplinas eran sumamente rígidas a pesar del frió invernal dormíamos en un largo salón con las ventanas abiertas.
Todos en pie a las 5 de la mañana Te auten Domine miserere novis...
Después de la oración a lavarse o bañarse con agua muy fría, nadie hablaba, era un silencio total.
Se iniciaba una caminata hacia el templo donde el director Pbro. Silvino Robles oficiaba la primera misa matutina, después, regreso al colegio y a estudiar caminando en silencio por los pasillos del internado.
Al toque de campana acudíamos al desayuno, un equipo de alumnos se designaba semanalmente para servir los alimentos.
Después del desayuno ya podíamos hablar, casi de inmediato se iniciaban las clases, al finalizar éstas se daba otro toque de campana para trasladarnos a comer.
Un alumno el cual era escogido semanalmente, daba lectura a libros de interesantes temas durante la comida.
Breve siesta obligada de 15 minutos, nuevamente a clases hasta el final de la tarde, luego se asignaban los grupos que habían de participar en los cantos del rosario vespertino en las diferentes
Parroquias de la ciudad de León.
Durante los domingos había ceremonias especiales.
Al medio día en la catedral, la cual estaba situada en el centro de la ciudad, se percibía un silencio total y se encontraba totalmente ausente de feligreses.
En recinto cerrado los canónigos ocupaban sus sitiales, colocados a ambos lados del altar con sus vestiduras cardenalicias, de esta manera ellos iniciaban la lectura de sus textos.
En el centro del presbiterio nos colocábamos los cantores vestidos con dalmáticas negras y sobrepelliz blanco, al frente se colocaba el director, de pie con un pañuelo blanco en su diestra, en espera de iniciar el cantar de los salmos, en latín.
La voz grave de un canónigo iniciaba los salmodia diciendo: Dicit Domine Domine Meo... (Dijo el Señor a Mi Señor), descendiendo la mano del director y poniendo en movimiento su pañuelo blanco al ritmo de las arsis y de las tesis que forman los compases del canto gregoriano, contestaba el coro: Sede ad Destrix meis (Siéntate a mi diestra) las diferentes tonalidades de las voces infantiles y juveniles se elevaban llenando de armonía el recinto de la catedral, así continuaban los cantos hasta finalizar el ceremonial de las vísperas.
Después, del majestuoso órgano del coro, situado en lo alto de la entrada del templo, en silencio profundo surgían de él, los acordes que inundaban el espacio de armonía musical, al ser ejecutadas algunas de las grandes composiciones para órgano tales como la Tocata y la fuga en re menor del señor de la armonía, el maestro Juan Sebastián Bach.
Con la llegada de las festividades de nuestra Señora de la Luz, llagaban las peregrinaciones hacia el santuario dedicado a esa advocación de la virgen María.
Ramitos de flores
Traer a María
Poner las mejores
Al pie del altar...
Cierto día al caer la tarde, después de las ceremonias en el atrio de la catedral, se encontraba un indígena de humilde y desleída vestidura, portando un ayate o morral casi desecho, su rostro parecía reflejar aquella sentencia que se encontraba a la entrada del infierno inspirado por dante "Quien penetre a este lugar habrá perdido toda esperanza".
Un niñito de inexpresiva mirada se encontraba sentado junto a él .
¿Qué? Me pregunté ¿Son estos los despojos de aquellas razas que poblaron nuestra América?
Y surgió en mi mente la inspiración.

Noble raza nativa, te canto,
En memoria de aquella grandeza,
Que en antaño brilló en la nobleza,
Imborrable del género humano;

Oh Gran Ser, que guardáis al arcano,
Las proezas de ahí desentierra,
Y mostrarlas al ser de la tierra,
Que admirado sorpréndase ufano.

En la guerra heróica fuiste,
¡Oh Cuahutémoc!, tu dad testimonio,
Que luchaste cual fiero demonio
Y cual mártir de honor sucumbiste.

Raza agreste que hazañas hiciste,
Por doquier de este suelo imponente,
Donde alzándose un brazo potente,
Inclemente una tumba te dio.

De laureles y rosas un tiesto,
Con mi fúnebre réquiem te ofrezco.

Y mis lágrimas prestas cayeron
A los pies de tu tumba olvidada,
Y mirando nacer la alborada
Mis palabras perdiéndose fueron.

Se acercaba el diez de mayo, la directiva de la escuela había hecho una convocatoria para que a las tres mejores composiciones dedicadas a la Madre, ya fueran hechas en prosa o en verso se les otorgaran diplomas y premios en efectivo:
Las participaciones debían firmar con un seudónimo y en un sobre aparte se debía poner por fuera el seudónimo y por dentro el nombre del participante para que no hubiera preferencias de parte del jurado.
Mejor denle el premio al maestro, dijo uno de los compañeros, " maestro " era el apodo con que me llamaban.
Miren les dije, les prometo no participar en este concurso.
Cierto día me encontraba bajo la sombra de un frondoso árbol, sin esperarlo se acerca a mi José Luis, el Cuis, como todos le decíamos, quien era el alumno más pequeño de la escuela.
Maestro me dijo, ayúdame en mi composición.
No le contesté, tu conoces mi promesa de no participar.
Maestro, insistió es que mi mamá ya murió y quiero decirle algo bonito.
Al ver su sencillez se me hizo un nudo en la garganta.
Bueno le dije decidido, trae acá.
Y tomando su cuaderno y su lápiz principie a escribir:

Madre, yo te canto, aunque tenga que llegar al borde de una tumba para dirigirme a ti.
Madre yo te canto,
Y este canto tan triste que te canto
Quisiera que traspasase los espacios infinitos para que te llegue a ti, con todo mi amor...
Y así continuaba.
El día del concurso había gran expectación.
En un gran salón todos esperaban el dictamen compuesto por tres maestros, expertos en la materia quienes después de estudiar las composiciones, a través del presidente del jurado anunciaron los resultados.
Solo una composición expreso el presidente mereció reunir los tres premios y dándole lectura principió diciendo:
Madre, yo te canto.

Cuando el más pequeño de los alumnos se dirigió a recibir los premios las miradas de todos, se dirigieron hacia mi, yo baje la mirada avergonzado.

Con mi amor de Maestro.
Pax...

GURU PEDRO ENCISO RUVALCABA. (Ppaerr)